Fuente: Abril Sanguinetti / Aguilero
Esta nueva práctica consiste en la participación de simpatizantes en problemáticas (sociales, políticas, económicas) a través de Internet. En algunos casos se trata de conseguir una determinada cantidad de firmas digitales, otras veces el objetivo es, simplemente, conseguir volumen de apoyo para alguna campaña y en ocasiones, incluso, se elevan causas particulares que apuntan a conseguir legitimidad pública para ser consumadas. Un sencillo ejemplo fue el de un joven de 26 años que hizo conocido su deseo de extender el horario del servicio de subterráneos a través de una plataforma que convertía cada firma electrónica en un e-mail para el Jefe de Gabinete de la Ciudad de Buenos Aires.
Las organizaciones que más hacen uso de esta innovación son las del Tercer Sector. En general, trabajan a través de sus páginas web y de las redes sociales. Pero existen portales web abiertos como MoveOn y Oiga.me que permiten a los usuarios de Internet iniciar sus propias campañas online. En este sentido, un exponente mundial de este proceder es Change.org, que despliega los logros de sus más de 58.000.000 de firmantes en su página de inicio.
La masividad y la accesibilidad de las redes sociales y los sitios web son indiscutibles; las posibilidades que plantean tanto en la recepción de las campañas como en la participación en las mismas sean, probablemente, sus mayores ventajas. De hecho, en muchos casos, en pocos minutos y con un “click” ya se está colaborando con la causa. Es por esto que el activismo en línea resulta una herramienta efectiva y poderosa, a la que también se le debe reconocer su capacidad para generar conocimiento acerca de problemas serios y para muchos desconocidos. No obstante, si bien este tipo de participación es apoyada y promovida por muchos, otros le achacan la incapacidad de equiparase con el activismo “real”, de base, callejero o que implique “poner el cuerpo”.
**Artículo publicado el 11 de febrero de 2014
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